Me he ganado, me he sobrepuesto a mi mismo.
Por fin tengo claro lo que voy a hacer pase lo que pase. Voy a escribir y a leer y a tocar la guitarra y a sonreir.
Sonreir mucho, que siempre ha sido mi verdadero vicio y ademas con determinada musica es remedio de botica.
Pero bueno, ya que estamos voy a escribir un relato que he escrito en la clase de lengua entre mirada y mirada de la profesora.
Cuando Romeo tuvo noticia de su destino en Mykonos sintió una punzada de emoción y de angustia. Quería saber lo que el destino le deparaba respecto a la islita del mar Egeo.
No quería dejar de imaginarse dando clases en un paisaje de idilio pesquero, con las casas pintadas de blanco y barcas que partían pronto al amanecer para pescar. Ya olía la sal diluida en la brisa marina mientras paseaba por una cala desierta con aguas cristalinas.
A los chavales que, atentos, absorben toda la arquitectura renacentista de Bramante; A los compañeros que le enseñan las instalaciones y su horario; Al patio en plena ebullición con sus diversas escenas; A un grupo de teatro escolar que dirigiría descubriendo a jóvenes con muchísimo talento. Se imaginaba todo el cuadro y temblaba de emoción.
Romeo quería encontrar su paz particular y quería abandonar Verona.
El estaba dando una vuelta, concretamente a 200 metros de la casa de Julieta, por el anfiteatro romano. Hacía calor, mucho calor y caminaba con su camisa blanca remangada y abierta un par de botones. No llevaba gafas de sol pues siempre le había gustado sentir el sol sobre sus parpados mientras escuchaba alguna canción de Reggae con los cascos fundidos con su cerebro.
Andaba a ratos rápido a ratos lento, como si se pensara mejor que tipo de marcha disfrutaba más.
Allí estaba, entre pensamientos y unos cuantos pasos, la fachada de la casa de Julieta. Sabía que ella se había enterado de su partida pero no había pensado en ir a despedirse.
No obstante, el destino o la casualidad hizo que Julieta se asomara una ultima vez por la ventana que daba a la calle antes de empezara a comer y sus miradas se encontraron. Ambos sostuvieron la mirada que estaba compuesta de cariño, culpabilidad, amistad y un poco de rencor. Romeo había optado por la única vía que conocía a la perfección, salir de casa con un buen día y sonreír ante todo. Sin rencores, sin odio, sin dolor. Parecía imposible, pero no resulto muy difícil y Julieta casi se lo agradecio.
Cuando giró la cabeza hacia abajo una gran sonrisa dibujaba su rostro mientras volvía a alzarla hacia el cielo buscando un cielo claro cantando “Red red wine”.

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