viernes, 15 de octubre de 2010

Os lo debo

Ultimamente no encuentro la inspiración adecuada para hacer una buena entrada aqui. Os mentiria si os dijera que no lo se pero también es verdad que son cosas que no estoy seguro de compartir en público, porque a pesar de no parecer muy importantes si que lo son para mi.
Ayer no pude dormir.
Me quede mirando mi armario arrodillado dentro de las sabanas con la luz apagada pensando tristemente sobre mi pasado reciente y mi futuro inminente. No llegé a nada en concreto, pero lo que si ocurre es que tengo miedo de mi mismo, porque es verdad que fué un error pero cada vez la idea de culpabilidad da paso a otra peor. La de arrepentimiento.
No sé que cojones me pasa ni porque todo es tan difuso e inalcanzable, porque después se añade el plus de mi yo salvaje al que la verdad se la trae floja perder a alguien importante o no y que seguramente me guió al dia siguiente.
Creo que no me apetece ser adulto, me quedaré en los dulces Teen.
Quizás para dejar de lado estos problemas mentales me vendria bien una de relato.

Soledades, retruécanos y motocicletas



Como si una sombra fuese, aquella maravillosa muchacha de la costa traqueteaba con aquella vespino gris por la carretera frente a las furiosas crestas de las olas. Siempre se dirijía hacia el mismo lado sin excepción, al faro.
Allí sacaba sus cigarros Philiph Morris, su baraja y su bolsita de marihuana mientras dejaba a su lado un sencillo movil y ponia siempre la misma canción. Una canción que hablaba sobre la muerte, la soledad y la esperanza, una canción de un grupo llamado Anthony & the johnsons.
Cuando se acababa la canción y su canuto iba consumiendose sacaba un antiguo libro de Góngora el cual solo recitaba un poemilla, Déjame amor tirano. Y cuando parecia que ya no podia quedarse mas tiempo en soledad se liaba otro y con un repentino frenesí escribia unos sonetos cargados de oscuridad y destellos de luz invisible pero cierta.
Nunca quise acercarme a ella por miedo a que me mirara indiferentemente como su comportamiento predecia o simplemente se dedicara a seguir con lo suyo sin hacer nada significativo. Pero yo nunca fui un observador pasivo, sobre todo con las personas que me intrigaban.
Un buen dia soleado con una ligera brisilla de verano anduve el camino de mi casa al faro con mi guitarra y toqué una canción que siempre me emocionaba a pesar de el desgaste con el que la tocaba. No me di cuenta ni del ruido de la vespa ni de los pasos de la muchacha, pero si que me di cuenta de sus manos tranquilas y firmes que me acariciaban por la espalda mientras segui con mi repertorio de "Que te vaya bien, Miss carrousel" y también de sus besos en mi cuello cuando terminé la canción.
Después de aquella noche nunca más volví a verla ni siquiera esperé que apareciera porque yo sabia que la pena por la que habia pasado habia sido interrumpida por mi. Para bien o para mal nunca lo sabré seguramente pero de momento solo me queda el faro, mis cigarrillos Philip Morris mis cartujas de cartas, mi vespa gris, mi marihuana, Góngora y mi libreto de poemas. Todos ellos esperando a una guitarra.

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