Pero no todo puede ser tan bonito, porque toda vida tiene obligaciones por minimas que sean. Debo conducir al pueblo para arreglar unos asuntos de tipo dudosamente legal, pero algo fáciles y bien remunerados. Yo, a parte de aserrar barquitos que no aporta ni para pagar el alquiler de la casita, cavo tumbas. Para gente. Muerta. Por la mafia.
Soy el del trabajo sucio mas o menos y la verdad es que no tengo nada que ver con los capos importantes ni con negocios de drogas. Dentro de lo que me permite mi situación, estoy limpio.
Llego al coche, por cierto, un mustang del 73, con Kiko persiguiendome aunque jamás le dejo subir al delicado tesoro. Me encanta sentir ese rugido de potencia americana sobre mi pie y mi asiento, me hace sentir libre, sabiendo que nadie me podria seguir ni darme caza. Con ese bólido soy un colibrí.
Salgo de mi buga en el polígono industrial de las afueras, concretamente en la fábrica de colchones ya cerrada hace 15 años. Cojo mi chupa de cuero y me pongo mis gafas Ray Ban, con esta descripción parezco el chulopiscinas del pueblo y no es asi, paso desapercibido la mayoria de las veces, de último modelo. Me dirijo al portero que se encuentra al final del pasillo de la entrada y le digo: "Aurum potestas est". Contraseñas de paranoicos enriquecidos.
Camino por el vestíbulo acondicionado de la fábrica abandonada hacia un despacho que hace tiempo sería del encargado de planta. Es la única estancia del lugar con una luz tenue y con un matiz de sangre coagulada desparramada por las paredes. El matadero era su nombre en argot mafioso.
¿Para quien trabajo? Para la única familia que ha hecho negocio en este pueblecito. En realidad mafia se les queda un poco grande, digamos una familia con influencia y mala hostia.
Mi historia con ellos se remonta a un embarazo no deseado juntado con hermana y con la variable del heredero de la familia. Le hize un bombo a la hija del fundador del clan. Tuvo que abortar y eso no le hizo mucha gracia a la familia, y a mi aún me hizo menos cuando un gorila llamado Andrea me visitó un caluroso dia de verano, y os aseguro que la comida del hospital no está muy buena. Tenía dos opciones, o trabajaba para ellos o era uno de sus trabajos.
Me acerco al despacho con aire desconfiado y escuchando una sierra mecánica percatándome de que no hay trancos que cortar. Al entrar Andrea me saluda, desde que compartí con el algo más que dientes rotos nos hemos hecho amigos, mientras se baja las gafas de seguridad salpicadas de sangre. Otro trabajo más.
Me voy preparando y me aseguro de que el cuerpo esta bien envuelto, no quiero ninguna mancha en mi coche.
viernes, 14 de mayo de 2010
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